Durante la pandemia del Covid, la industria del sector TI experimentó una gran demanda gracias al trabajo remoto. Para muchos fue un cambio abrupto; para mí, en cambio, fue una transición natural. Ya llevaba varios años trabajando como desarrollador freelancer en distintas plataformas, así que adaptarme al teletrabajo en equipo fue relativamente sencillo.
Pero mi historia con la programación comenzó mucho antes, y de una forma muy distinta. No seguí una carrera universitaria, en parte porque en ese momento no existía la Ingeniería de Software como tal en muchas instituciones, y también porque no contaba con los medios para acceder a ellas. Mi aprendizaje fue empírico: prueba, error… y mucho aprendizaje en el camino.
Aprendí “a nadar en aguas corrientes”, a mi manera. Sin embargo, con el tiempo entendí que no era suficiente. Necesitaba estructurar lo que sabía. Fue entonces cuando comencé a estudiar buenas prácticas a través de cursos en línea. Aunque, siendo honesto, en muchos equipos donde trabajé esas prácticas aún no se aplicaban, lo que hizo que mi crecimiento en ese aspecto fuera más lento de lo que esperaba.
Si miramos atrás, todos hemos hecho cosas que hoy nos hacen ruido. En el desarrollo de software, eso suele traducirse en no seguir buenas prácticas y construir soluciones “a nuestra manera”. Y aunque en su momento funciona, llega un punto en el que uno necesita detenerse, observar su camino y preguntarse: ¿hacia dónde voy?
Ahí fue donde apareció uno de los mayores puntos de quiebre: la inteligencia artificial.
Debo reconocer que, al principio, sentí miedo. Miedo de quedarme atrás, de perder relevancia, de que lo que sabía dejara de ser suficiente. Y ese miedo, en lugar de impulsarme, me estaba frenando. Hasta que entendí algo: postergar la adaptación no cambia el resultado.
Así que decidí hacer lo mismo que hice cuando empecé en este mundo: aceptar el cambio y adaptarme.
Desde entonces, cada vez que aparece un nuevo modelo o herramienta de inteligencia artificial, procuro no ignorarlo. Me doy unos días para explorarlo, entenderlo y ver cómo puedo integrarlo a mi forma de trabajar. Hoy, mi enfoque no es escribir más código, sino trabajar mejor: producir más valor, con mayor calidad y en menos tiempo.
Y tal vez por eso llevo 6 meses sin escribir una sola línea de código… al menos, no como antes.
Nota: Este post fue inicialmente escrito de manera manual y posteriormente revisado con IA.